Fin de semana. Para celebrarlo, o para tratar de mantenernos conscientes de en qué día de la semana vivimos, hemos salido a tomar un vermut y comer unos pinchos. Hoy toda la familia hemos hecho la misma ronda: todos al balcón. Hemos echado en falta a nuestro alrededor a quienes antes del confinamiento se cruzaban en la calle con nosotros, o entraban a los mismos bares, o eran espectadores de los mismos espectáculos, …
Hoy no hemos visto al dueño del bar que nos suele agradecer la visita a su establecimiento con una sonrisa y un saludo personalizado. No hemos visto a los camareros y camareras que nos suelen servir como si fuésemos los clientes más importantes que van a tener durante el día. Tampoco hemos visto salir fugazmente de la cocina con una bandeja a quien prepara los sabrosos pinchos que solemos degustar. El primero quizás este pensando en que el obligado cierre y la falta de ingresos puede forzarle a prescindir del personal contratado (a no ser que eso nunca le haya preocupado). El resto del personal quizás esté visualizando un negro futuro, si el presente no lo es ya por haber sufrido ya el despido.
Hoy no hemos visto a esas emigrantes que acompañan a personas mayores o empujan las sillas de ruedas de las impedidas. Tampoco hemos visto a los vendedores ambulantes que, siempre sonrientes, nos suelen ofrecer sus productos, aunque nunca les solamos comprar. ¿Siguen en su trabajo las primeras? ¿Unas y otros tienen ingresos para sobrevivir? ¿Dónde y en qué condiciones pasan la reclusión?
Hoy no nos hemos parado a hablar con amigos o conocidos. No nos hemos cruzado con trabajadoras y trabajadores de todos los sectores y servicios disfrutando de algunas horas de ocio. Nadie nos ha podido contar cara a cara cómo le va en el trabajo, si les han aplicado un ERTE, un ERE, o simplemente ya les han despedido sin indemnización, porque o no tenían contrato, o el que tenían era tan precario que ni siquiera tenía condiciones.
Tampoco hemos tenido ocasión de ver a quienes muchas de las personas antes mencionadas deben su inseguridad, su precariedad o su descarada explotación. No hemos tenido ocasión de ver al rentista, que sin más esfuerzo que el del avaro que cuenta sus monedas, vive del esfuerzo del autónomo que le alquila un local y del de las personas que trabajan en él. No hemos tenido ocasión de ver al gran empresario que valora más sus beneficios que la salud de trabajadoras y trabajadores. No hemos tenido ocasión de cruzarnos con conocidos o desconocidos que apalabran servicio doméstico sin contrato y sin dar de alta en la Seguridad Social a la persona que les hace el trabajo desagradable.
Se acaba el día. Ahora, al anochecer, nos veremos con muchos vecinos; saldremos al balcón para expresar con una cacerolada nuestra repulsa a una agresión machista que se produjo ayer en Laudio.

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