(He compartido este texto en euskera en mi cuenta de Facebook. No me resisto a hacerlo en este blog en castellano, aunque mi traducción del texto de BERRIA quizás traicione la literalidad del original)
El diario BERRIA publica diariamente las opiniones, reflexiones o vivencias de cinco personas en un diario sobre EL COVID-19 titulado "Termometro". En él un agricultor, una enfermera de urgencias, un estudiante universitario, un conductor de autobús y un trabajadora doméstica son quienes dan la medida del COVID-19. Presto atención, sobre todo, a lo que dice la trabajadora domiciliaria. Las cuatro primeras personas tienen nombre, esta trabajadora no; quiere mantener el anonimato, y se entiende fácilmente por qué. En la primera entrada del diario (la de hoy es la XXVII) decía: "Somos invisibles, sí. Ya lo éramos antes, y más ahora con esta crisis. Yo misma, empleada de hogar, ¿dónde estoy?”
Las reflexiones de esta trabajadora domiciliaria en la entrada de hoy son las siguientes:
"Quienes vivimos en esta casa nos llamamos vecinos, aunque solo nos separe una sencilla pared de dormitorio. La dueña de la casa vino a verme el otro día para decirme algo que no es muy reciente: que en los ascensores han puesto, por lo visto, avisos para el personal de servicios sanitarios para que abandonen el bloque antes de contagiar a nadie. Los vecinos. Según la dueña, personal de supermercados han recibido mensajes similares; y que también han aparecido en ascensores avisos que señalaban a los que no salían a aplaudir a las ocho de la tarde. Me dejó perpleja. Quienes actúan así quieren gobernar el bloque, impidiéndonos al resto a gobernarnos en nuestra propia casa.
COVID-19. Corto en letras y números, pero lo que nos está saliendo de dentro es bien grande: los sentimientos más sublimes y el veneno más negro. La envidia, el egoísmo, el racismo, la esclavitud, el odio y la vanidad; atravesamos una calle llena de virus desde hace mucho tiempo. El miedo al coronavirus se impone hoy, pero el corazón puede ser un depósito de cosas mucho peores, y vivimos con ese veneno como vecino. Lo peor es que cada día nos han estado ofreciendo sonrisas hipócritas en la calle, en la tienda, en todas partes; y hasta ahora no nos hemos dado cuenta de esa clase de gente que teníamos al lado".
